Alguna vez hubo una noción de espuma entre los dos. Tenue, imprecisa, flotaba en el instante de mutua presencia y se convertía en un cierto rubor en las mejillas de ella, o acaso en cierta imposibilidad de palabra traducida en sonrisa para él.Siempre se vieron en lugares concurridos, y la gente, los otros a su alrededor, pasaban a conformar el paisaje o una especie de decorado de fondo. Ellos, sin mutuo acuerdo (o con el tácito) se sabían en extraña conexión. La complicidad podía emerger de una raíz de escenica y para ello no eran necesaria ni palabras ni gestos demasiado explícitos.
Esos encuentros esporádicos y azarosos eran sufiecientes: un intercambio de lánguidas miradas, alguna frase captada en flotación y por encima del posible entendimiento de los otros, interiormente se desencadenaba en cada uno una febril lactancia, una tibieza nueva y sugerente.
Ambos de naturaleza auténtica, de corazón vegetal y ardua estirpe, querían preservar la historia secreta de toda posibilidad de espina. Para ellos el solo gesto de herir a quienes les rodeaban era empresa tortuosa.
La savia de guerreros no ejercía dominio cuando de decisiones que pudieran maltratar a los más cercanos se trataba.
-Continuará-


